Le dijeron que nunca volvería a caminar. Aun así, emprendió un viaje alrededor del mundo con su mejor amigo


CNN — 

Cuando Fletcher Crowley se fracturó la espalda en un accidente mientras practicaba ciclismo de montaña hace tres años, los médicos le diagnosticaron paraplejia y le dijeron que nunca volvería a caminar.

Sin embargo, durante los últimos tres meses, el australiano y su amigo Lachie Bennett han escalado montañas, cruzado cumbres nevadas y vivido aventuras llenas de adrenalina en Europa, Asia, África y Sudamérica.

Demostrando cómo la amistad y una mentalidad de decir “sí” pueden abrir las puertas del mundo, encontraron la forma de conocer lugares que normalmente son inaccesibles para personas que usan silla de ruedas. Entre otras experiencias, Bennett cargó a Crowley sobre su espalda para subir los 268 escalones que conducen al Gran Buda de Hong Kong; ambos recorrieron las montañas nevadas de los Dolomitas suizos en motonieve y también pasearon por la Riviera Francesa en un conjunto formado por una bicicleta eléctrica y una silla de ruedas.

“Nuestro plan era simplemente salir a disfrutar, y la silla nos acompañaba”, dijo Crowley a CNN durante los últimos días del viaje, mientras recorrían un paso de montaña en Sudáfrica rumbo a una experiencia de parapente.

“La mayoría de las cosas que hacemos probablemente no entrarían en la categoría de ‘accesibles’. Hemos llevado ese concepto un poco más lejos. Algunas actividades requieren hacerlas de otra manera y esforzarnos más, pero al final resultan mucho más gratificantes”.

En mayo, familiares y amigos recibieron a ambos en Sydney, Australia, tras completar un recorrido lleno de aventuras por 10 países, una experiencia que compartieron con su comunidad de 140.000 seguidores en Instagram a través de la cuenta twomates1chair.

Bennett, a la izquierda, y Crowley practicaron parasailing a lo largo de la costa de Niza, Francia.
Cuando un habitante de los Dolomitas los invitó a "subirse" a su moto de nieve, los dos aceptaron, dejando atrás la silla de ruedas de Crowley.

Tras el accidente de ciclismo de montaña ocurrido en septiembre de 2023, Crowley pasó seis meses hospitalizado mientras seguía un intenso programa de rehabilitación.

“Estaba construyendo una rampa para hacer un doble mortal hacia atrás”, recordó. “Lo hice unas seis veces y aterricé bien, aunque caí de lado. Pero en el séptimo intento caí sobre el cuello”.

Durante la rehabilitación, volvió a encontrarse con su amigo de la escuela, Lachie Bennett, quien trabajaba en un centro de apoyo para personas con lesiones medulares y en un hotel adaptado ubicado en la zona norte de las playas de Sydney. Crowley acudía allí para recibir fisioterapia y ambos reforzaron su amistad gracias a su pasión compartida por la aventura.

Hasta entonces, cada uno había viajado por separado al extranjero y solo habían hecho algunos viajes dentro de Australia. El año pasado, Bennett recorrió en solitario Estados Unidos y México, mientras que Crowley, quien tras el accidente comenzó a practicar esquí adaptado, pasó el invierno trabajando en la estación de esquí de Perisher, en Australia, antes de viajar a Japón para seguir esquiando.

Poco después comenzaron a planear su primer viaje juntos, que inicialmente sería de dos semanas por Sudamérica.

Crowley y Bennett eran amigos desde la escuela, pero se hicieron más cercanos durante la fisioterapia de Crowley y terminaron reservando un viaje alrededor del mundo.

Sin embargo, una oferta de la agencia de viajes Flight Centre los convenció de comprar un boleto con múltiples escalas que les permitía visitar cuatro continentes por el mismo precio: 2.800 dólares australianos (unos US$ 1.480) por persona.

“Simplemente aprovechamos la oportunidad”, contó Bennett. “Europa y Hong Kong ni siquiera estaban en nuestros planes, pero de pronto allí estábamos”.

En lugar de limitarse a buscar alojamientos y actividades accesibles, los amigos priorizaron las experiencias que querían vivir con una idea muy clara, explicó Crowley: “Encontraremos la forma de hacerlo”.

Su primera parada fue Hong Kong. Allí, Bennett cargó a Crowley sobre su espalda para subir hasta el Gran Buda, una enorme estatua de bronce situada entre las montañas. En tono de broma bautizaron el desafío como “dos amigos, sin silla y 12 tramos de escaleras”.

En uno de los videos publicados en Instagram, Bennett estira las piernas antes de cargar sobre su espalda a Crowley —que pesa unos 77 kilos, además de otros 14 kilos de equipo de cámara— durante una subida de unos 30 minutos sobre escalones mojados y resbaladizos.

Bennett llevó a Crowley a cuestas por los 268 escalones que llevan a la estatua del Gran Buda de Hong Kong.
Los amigos, ambos de 20 años, encontraron la manera de conocer lugares que normalmente son inaccesibles para las personas en silla de ruedas. En la foto: Burdeos, Francia.

“Nada es imposible”, dice Bennett en el video, apenas terminan el ascenso.

Durante su estancia en la ciudad, también caminaron hasta la cima del Victoria Peak, un ascenso de 360 metros de altura, casi tan elevado como el techo del Empire State Building, desde donde disfrutaron de una vista panorámica del horizonte urbano.

“Un habitante local nos habló de esta ruta accesible, y lo era porque estaba pavimentada. Pero era una subida realmente empinada”, contó Bennett.

“Los brazos de Fletch terminaron agotados, mis pantorrillas también, pero fue una experiencia increíble que valió completamente la pena”.

Crowley explicó que la fuerza de la parte superior de su cuerpo, su juventud y su experiencia previa practicando skate hicieron que manejar la silla de ruedas le resultara “natural y cómodo”, algo que, aseguró, puede marcar una gran diferencia en la movilidad de una persona.

Ambos reconocen que un viaje como el suyo quizá no sea posible para todas las personas que usan silla de ruedas, ya que depende de factores como la condición física, la red de apoyo y el tipo de silla adaptada a las necesidades de cada usuario.

Después de pasar cinco días “llenos de energía y buenas vibras” en Hong Kong, Bennett y Crowley volaron a Italia para comenzar un recorrido por carretera a través de Europa.

Llegaron a Milán justo cuando comenzaban los Juegos Paralímpicos de Invierno de 2026 y, nuevamente cargando a Crowley sobre su espalda, lograron acceder a las gradas para presenciar las competencias de esquí adaptado.

“La coincidencia fue perfecta y es una comunidad increíble”, dijo Crowley, quien el año anterior había entrenado con el equipo australiano.

Desde Milán emprendieron un viaje por carretera que los llevó a Pisa, Florencia, Roma y Venecia, donde recorrieron la llamada “ciudad flotante” a bordo de una góndola.

En los Dolomitas, un italiano los invitó a subir a su motonieve. Sin dudarlo, aceptaron. Dejaron la silla de ruedas atrás mientras Bennett ayudaba a Crowley a desplazarse sobre la nieve, dispuesto a descubrir adónde los llevaría la aventura.

“No teníamos idea de dónde terminaríamos”, recordó Crowley. “De repente estábamos en la cima de los Dolomitas contemplando un paisaje espectacular de montañas”.

Crowley y Bennett en las Dolomitas italianas, con una vista panorámica de las montañas onduladas.

La lesión medular de Crowley le dejó una paraplejia incompleta, lo que significa que su cerebro todavía envía algunas señales a la parte inferior del cuerpo.

“Puedo caminar unos 10 metros, pero después termino completamente agotado”, explicó.

En Sydney lleva una vida independiente y practica distintos deportes, entre ellos esquí adaptado, skate adaptado, ciclismo de montaña adaptado y surf.

“Puedo llevar una vida increíble completamente por mi cuenta, pero para hacer algunas de las cosas que realmente quiero necesito, en ocasiones, la ayuda de Lachie o de alguien más”, afirmó.

Después de cruzar por carretera la frontera hacia Suiza, una familia local recibió a Crowley y Bennett en su casa luego de que su hijo de 10 años viera en redes sociales las aventuras que ambos habían vivido en Hong Kong.

Muy pronto, los dos acompañaban a la familia a llevar al niño a la escuela, asistían a partidos de hockey sobre hielo del vecindario y compartían comidas caseras mientras sus anfitriones suizos los ayudaban a recorrer los paisajes nevados de la región.

“Nunca imaginamos que, siendo dos jóvenes australianos, una familia suiza tan amable nos invitaría a quedarnos en su casa. Y después volvió a ocurrir una y otra vez”, contó Bennett.

“Por supuesto, hay que actuar con criterio y tomar precauciones, pero la generosidad de personas desconocidas ha sido abrumadora”.

La siguiente invitación los llevó desde la ciudad costera de Biarritz, en Francia, hasta una granja de ovejas administrada por Paddy, otro australiano que se había mudado a Francia para comenzar una nueva vida.

Ayudar con el cuidado de las ovejas fue una de las experiencias “más inesperadas y memorables” del viaje.

Crowley instaló una rueda todoterreno en la parte delantera de su silla, lo que facilitó que Bennett pudiera empujarlo sobre el heno del establo.

“Permanecía quieto la mayor parte del tiempo porque, en cuanto me movía, las ovejas se asustaban”, recordó Crowley. “Algunos animales ven la silla de ruedas y salen corriendo si no están acostumbrados a verla”.

Una de las paradas más memorables de la dúo fue en una granja de ovejas cerca de la ciudad francesa de surf de Biarritz, dirigida por su compatriota australiano Paddy, en el centro.

También en Europa, los amigos viajaron a Países Bajos para recorrer los famosos canales de Ámsterdam.

En esa ciudad eligieron como medio de transporte una bicicleta de carga alquilada, conocida localmente como bakfiets. Bennett pedaleaba mientras Crowley viajaba sentado en la caja de madera situada entre el manubrio y la rueda delantera.

Después de recorrer el norte de España junto a los padres de Crowley, retomaron su viaje en solitario para completar la etapa europea en la Riviera Francesa.

En el elegante paseo marítimo de Niza perfeccionaron un método muy particular para desplazarse con rapidez: Crowley avanzaba en su silla de ruedas sujetándose del bolsillo trasero de Bennett mientras este circulaba en una bicicleta eléctrica.

“Fletch se agarraba de mi bolsillo y venía justo detrás de mí”, explicó Bennett.

Los lugares donde se hospedaban añadían una dosis extra de aventura. Una noche durmieron en una capilla del siglo X con piscina, situada en la cima de una colina a la que solo se podía acceder subiendo unos 1.000 escalones.

Para acercarlos hasta allí, el propietario condujo un Land Cruiser por la colina, mientras Crowley se sujetaba de la parte trasera del vehículo desde su silla de ruedas. Una vez al pie de la escalinata, Bennett volvió a cargarlo sobre su espalda hasta llegar a la entrada.

“No era accesible en absoluto, pero eso nunca nos iba a detener”, dijo Crowley.

En la playa, a Crowley le gustaba que lo llevaran a caballito por la arena, y sus amigos preferían la experiencia a la accesibilidad.

“Había escaleras por todas partes, pero entre Lachie cargándome y yo subiendo y apoyándome sobre el suelo, lo conseguimos”.

También hubo momentos difíciles, especialmente cuando ambos estaban cansados y Bennett tenía que cargar el equipaje, las bolsas con el equipo médico y la silla de ruedas, muchas veces después de haber llevado a Crowley sobre su espalda.

Aun así, Bennett asegura que “siempre vale la pena” y explica que, cuando el cansancio aparecía, simplemente elegían la opción más sencilla.

El único momento en que realmente sintieron las limitaciones fue cuando encontraban comercios con escalones en la entrada. Bennett entraba a comprar algo mientras Crowley esperaba afuera.

“A mí me molesta más que a Fletch, porque él es muy resiliente. Todo esto me ha enseñado muchísimo sobre viajar”, afirmó.

También encontraron ventajas, como los espacios de estacionamiento accesibles y el hecho de que la silla de ruedas funcionara como un “maletero disponible las 24 horas”, gracias al espacio de almacenamiento situado debajo del asiento.

Llevar equipaje pesado cuando estaba cansado fue un pequeño contratiempo para Bennett, quien dijo que "siempre vale la pena".
El único momento en que los amigos se sintieron limitados fue ante algún que otro escaparate elevado, donde Bennett entraba corriendo a comprar algo de comer y Crowley esperaba afuera. En la foto: Bilbao, España.
Crowley y Bennett, fotografiados en el Coliseo de Roma, Italia, durante su viaje por carretera por Europa.

Las escaleras tampoco fueron un obstáculo en Brasil, donde disfrutaron de fiestas en azoteas de Sao Paulo y exploraron cuevas en Belo Horizonte.

En esta ocasión, Crowley iba nuevamente sobre la espalda de Bennett mientras ambos, con cascos de seguridad, recorrían llamativas formaciones rocosas.

Uno de los mayores contratiempos ocurrió cuando viajaban por una zona rural remota a bordo de vehículos todoterreno. El vehículo en el que iba Crowley volcó después de golpear un desnivel del camino.

Los dos quedaron “varados durante seis horas en medio del interior de Brasil”, esperando que remolcaran el vehículo, sin señal telefónica, sin agua y con la silla de ruedas de Crowley a casi 100 kilómetros de distancia, en el alojamiento donde se hospedaban.

“El vehículo golpeó una rueda trasera, dio dos vueltas completas y terminó estrellándose contra un árbol”, contó Bennett. “Sentí que el corazón se me detenía, pero, por suerte, todos salimos ilesos”.

En Brasil, la pareja de amigos partió junto con otros conductores en autos todoterreno por un camino de tierra, y el vehículo de Crowley se estrelló tras chocar contra un bache en la carretera.

Después emprendieron un recorrido de 18 horas en un solo día para llegar a la isla de Florianópolis.

Allí disfrutaron del ambiente sencillo de los hostales frente a la playa, manteniendo la misma filosofía de priorizar las experiencias por encima de la accesibilidad.

Tras recorrer las estrechas calles y las interminables escaleras de Europa, desplazarse por la arena les resultó mucho más sencillo cuando iban a nadar o a buscar comida local.

La última parada del viaje fue Sudáfrica. Allí pasaron cinco noches en Ciudad del Cabo, visitaron barrios históricos, observaron pingüinos en Boulders Beach, practicaron parapente y recorrieron por carretera la Garden Route.

Entre los momentos más destacados estuvo una inmersión en jaula para observar tiburones en Gansbaai. Navegaron por el océano Atlántico, se colocaron trajes de neopreno —con Bennett ayudando a Crowley— y descendieron dentro de una jaula mientras los tiburones nadaban a su alrededor.

Crowley y Bennett recorrieron la Costa Azul en un tándem formado por una bicicleta eléctrica y una silla de ruedas.
Los amigos escalaron montañas, cruzaron picos nevados y se lanzaron a aventuras llenas de adrenalina. En la foto: Orbetello, Italia.

También realizaron su primer safari en la reserva Amakhala Game Reserve, donde buscaron leones, leopardos, jirafas y rinocerontes blancos y negros. En esta ocasión, Crowley pudo subir al vehículo del safari por sus propios medios, una de las pocas adaptaciones disponibles durante esa parte del viaje.

“Escuchar el rugido de un león resonando por todo el valle fue un momento increíble”, recordó.

Otro recuerdo inolvidable fue la última vez que Bennett cargó a Crowley sobre su espalda para llegar hasta Cape Point, el espectacular extremo del continente africano, situado a unos 200 metros sobre el océano.

Ambos amigos, que trabajan como asistentes de apoyo, afirmaron que el viaje resultó mucho más sencillo de lo que habían imaginado. No sufrieron lesiones importantes, enfermedades ni robos.

Sí enfrentaron algunos inconvenientes, como cargos inesperados por equipaje en Sudáfrica, cuando dos aerolíneas les cobraron por transportar las bolsas con el equipo médico de Crowley, que normalmente viajan sin costo.

Las imágenes de Bennett cargando a Crowley también despertaban curiosidad. Algunas personas pensaban que se trataba de una broma y no de una solución práctica para subir escaleras.

“Durante una caminata en Sudáfrica llegué a la cima y una mujer nos preguntó: ‘¿Están jugando?’. Le respondí: ‘No, es que no puedo caminar’”, contó Crowley.

En algunas salidas nocturnas, explicó que le resultaba difícil hacerse escuchar porque, al estar sentado en la silla de ruedas, quedaba a la altura de la cintura de los demás. En otras ocasiones, las personas se dirigían a Bennett en lugar de hablar directamente con él, probablemente porque asumían que era su asistente.

"Con la ayuda de la gente, se puede hacer que el mundo sea mucho más accesible", dijo Crowley, quien aparece aquí montado a caballito sobre su mejor amigo, Bennett. En la foto: Florianópolis, Brasil.

La presencia de ambos en redes sociales también generó algunas críticas relacionadas con la seguridad, como cuando Crowley utilizó una escalera mecánica permaneciendo en su silla de ruedas y sujetándose del pasamanos.

Además, las aceras irregulares y las pendientes representaban un riesgo adicional. En una ocasión, Crowley incluso cayó de su silla mientras descendía por una rampa en Brasil.

A pesar de todo, los amigos decidieron concentrarse siempre en lo positivo.

Su experiencia también cuestiona la manera en que se entiende la accesibilidad. Para Bennett, la pregunta es: “¿La accesibilidad depende de una rampa, de las personas o de algo más?”.

“Con la ayuda de otras personas se puede hacer que el mundo sea mucho más accesible”, afirmó Crowley. “Y yo no habría podido hacer nada de esto sin Lachie”.

Sin embargo, Bennett cree que todos necesitamos apoyo en algún momento.

“Cuando viajaba solo, también necesitaba ayuda para conocer gente nueva y compartir aventuras”, dijo.

“Estés o no en una silla de ruedas, todo el mundo necesita apoyo de una forma u otra”.

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