Elías Jaua: Después de la muerte de Chávez no hubo árbitro y nos dimos con todo

Elias Jaua en Caracas, el 20 de agosto. GABY ORAA

 

La voz del exvicepresidente Elías Jaua (Caucagua, 56 años) se ha hecho sentir. En enero repudió el “cobarde secuestro” de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de Estados Unidos, sin sumarse acríticamente a la troika que encabezan Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y el hombre fuerte Diosdado Cabello. De hecho, ha mantenido cierta distancia con la jerarquía chavista en los últimos cinco años.

Por Boris Muñoz | EL PAÍS

En abril, Jaua, quien está sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea, intensificó su crítica empleando términos como ocupación, dominación, colonialismo y tutela coercitiva para denunciar la relación de subordinación política y económica que el Gobierno de Donald Trump le ha impuesto a Venezuela. Desde el Centro de Estudios sobre la Democracia Socialista (CEDES) se encarga de promover un debate desde la izquierda para buscar salidas a la actual coyuntura, a partir de la construcción de una democracia plural. Sin embargo, el fantasma de Hugo Chávez no está quieto.

Pregunta: ¿Cómo define el momento que vive Venezuela y cuál es la principal amenaza?

Respuesta: Es uno de los momentos más graves de la vida nacional. ¿Por qué? Porque a partir del 3 de enero perdimos nuestra condición de nación independiente. El régimen republicano fue derribado a la fuerza —misiles, imposición sobre la administración de nuestros recursos, incidencia forzosa sobre nuestra legislación, aplicación de un plan político que no corresponde a una decisión de los venezolanos y las venezolanas. La falta de independencia nacional para decidir su propio destino es la amenaza más grave para Venezuela en este momento.

Pregunta: Usted ha planteado un acuerdo nacional para recuperar esa soberanía. ¿Qué tendría que reconocer?

Respuesta: Primero, la capacidad que debemos tener los venezolanos para regular democráticamente un conflicto incubado a lo largo de décadas. Segundo, llegar a consensos mínimos entre todos los factores nacionales que permitan un proyecto compartido por la mayoría de las corrientes políticas. Y tercero, reconocer la dura realidad de la ocupación coercitiva, lo que implicará un largo y complejo proceso de negociación con la potencia ocupante para recuperar nuestra condición de república.

Pregunta: ¿Qué pasó para que Venezuela perdiera las condiciones de esa democracia?

Respuesta: Por la exclusión constante de uno o varios actores políticos. La democracia representativa surgida en 1958 excluyó del Pacto de Punto Fijo a los factores de izquierda. A medida que se desarrolló el bipartidismo, importantes sectores quedaron rezagados en la capacidad de incidir y sentirse parte del modelo. Eso condujo a la ruptura de 1989 con el Caracazo, luego a las rebeliones militares y, finalmente, al triunfo de Chávez en 1998. Ahí se inicia un proceso que pretendió ser inclusivo. Un elemento fundamental de la Agenda Alternativa Bolivariana de 1996 era la inclusión de todos los factores. Pero desde 2002, con el golpe de Estado, vivimos una agresión que dificultó ese ejercicio de inclusión total. Tras la muerte de Chávez, se apostó erróneamente a la consolidación de un modelo partido-Estado, que terminó por desbordar los parámetros democráticos. Y ahí colapsamos: ya no solo la democracia, sino también la propia república.

Pregunta: Cuando Chávez ganó la reelección de 2006 con 63%, había una expectativa de tregua, y lo que ocurrió fue una profundización acelerada: del bolivarianismo al Socialismo del siglo XXI. ¿Qué pudo haber sido distinto?

Respuesta: Después de 1992, Chávez y buena parte de nuestro movimiento escogimos el camino democrático, pacífico y electoral frente a la tesis de la rebelión militar, e intentamos ser consecuentes con eso. Pero después de la victoria de 2006 enfrentamos de nuevo, en 2007, la agresión violenta en las calles. A partir de 2004 hubo un acuerdo negociado con el Centro Carter que condujo al referéndum revocatorio, y en 2010 la oposición vuelve a la Asamblea Nacional. El 15 de enero de 2011, Chávez le da la bienvenida personalmente a cada uno de los líderes opositores —María Corina Machado y Andrés Velásquez entre ellos— y advierte: si seguimos sin límites, vamos a perder el país. Miren Siria, miren Libia. Chávez llama a una tregua. Hay ahí una autocrítica importante sobre los errores cometidos por no haber creado un espacio de convivencia. Después vino la muerte de Chávez, y ya en 2014 se desbordaron todos los parámetros constitucionales, de ambas partes.

Pregunta: Usted fue su vicepresidente. ¿Qué cree que haría Hugo Chávez si estuviera hoy frente a esta negociación?

Respuesta: No voy a hacer un ejercicio de imaginación. Me remito al discurso del 15 de enero de 2011, en la Asamblea Nacional, en el contexto de las guerras civiles en Siria y Libia [que se gestaban entonces]. Chávez temía que Venezuela fuera llevada a una situación así. Creo que hubiese hecho todos los esfuerzos por evitar la ruptura del espacio democrático, por más que hubiese sido jalonado por la extrema derecha. En ese discurso dice: lo primero es la nación; podemos pensar distinto, pero no matarnos ni romper el juego democrático. Pero la esencia de ese discurso es preservar la nación.

Pregunta: ¿Qué se perdió de ese espíritu en el gobierno de Maduro?

Respuesta: Reivindico en Chávez su capacidad de entender la democracia como conflicto agonístico, no existencial. Sabía maniobrar el conflicto dentro de unos parámetros de convivencia, y cuando sentía que esos espacios se desbordaban, hacía esfuerzos por rectificar a tiempo cualquier deriva autoritaria.

Pregunta: ¿Y eso no pasó después, porque —como dijo Diosdado Cabello— Chávez controlaba “a los locos”?

Respuesta: Sí, después de 2014 le quitaron las cuerdas al ring, no hubo árbitro, y nos dimos con todo sin atender esa alerta de Chávez sobre cuidar la integridad de la nación por encima de las diferencias.

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