I.
Hace una década falleció David King (1943-2016), ciudadano inglés, diseñador gráfico, activista de izquierdas, coleccionista de más de 250 mil fotografías originales de la revolución rusa e historiador de la fotografía.
Aunque en los últimos años su nombre rara vez se menciona como una de las fuentes clave para entender la historia del siglo XX, a King debemos la comprensión de la práctica, por parte del estalinismo, del borrado de líderes de las fotografías icónicas de la revolución. En el más conocido de sus libros, El comisario desaparece, King publica decenas de fotografías originales y, al lado de cada una, la misma fotografía, en la versión intervenida por los agentes del estalinismo: una imagen en la que alguien ha sido borrado, desaparecido. En particular y principalmente, León Trostky, el rival político de Stalin.
Stalin no se conformó con borrar a Trotsky en decenas de imágenes, especialmente de aquellas que habían alcanzado mucha notoriedad, sino que ordenó su asesinato, que finalmente logró consumar en agosto de 1940, en Ciudad de México. Puesto que no había logrado destruir del todo la memoria del líder bolchevique judío, Stalin escogió eliminarlo físicamente. Entre la borradura en la imagen y el asesinato real hay una profunda conexión que ha sido asunto de numerosos estudiosos, especialmente después de la publicación del libro de King.
El perverso ejercicio de borrar las imágenes, los relatos, la memoria de los líderes muertos, caídos o simplemente derrotados es milenario. He citado el conocido caso de la obcecada persecución que hizo Stalin de las imágenes de Trostky a partir de 1919-1920, porque su iniciativa se convirtió, a partir del siglo XX, en modelo o escuela de dictadores y líderes totalitarios: Hitler y Mao Zedong, Mussolini y Franco, Kim Il-sung y Kim Jong-il, Fidel Castro, Rafael Leónidas Trujillo y Augusto Pinochet, fueron todos usuarios de la técnica de borrar a los rivales de imágenes, videos y hasta de las bibliotecas.
Lugar aparte ocupa el dictador militar argentino Pedro Eugenio Aramburu, que en 1956 emitió el famoso decreto 4161, que hoy parece rocambolesco: el mismo prohibía a los ciudadanos nombrar a Juan Domingo Perón y a Eva Duarte de Perón. Aramburu pensó que al eliminarlos de la conversación pública podría borrarlos de la memoria de los argentinos.
II.
Tras su muerte, el narcopoder encabezado por Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino consideró estratégico aupar la conversión de Chávez en una figura omnipresente, de categoría superior, mezcla de líder visionario, estadista y referencia de tintes religiosos. Pero ese plan, iniciado en 2013 con despliegue y sistematicidad, no tardó en pincharse y perder su entusiasmo inicial. Desde comienzos de 2015 su frecuencia se redujo y no se ha detenido.
A partir de ese momento, paso a paso y en relativo silencio, el madurismo comenzó a borrar la presencia pública de Chávez, a sacarlo de las calles, a pintar las paredes donde antes estaban sus ojos observando a los peatones. Puede decirse que la operación realizada sobre Chávez fue de semiborrado o de borrado parcial, no tanto para eliminarlo del todo, sino para quitarle protagonismo: mientras menos visible y abrumadora fuese su presencia, más despejado quedaría el camino para levantar el liderazgo de Nicolás Maduro en afiches, carteles, frases impresas y discursos del poder. De forma paulatina pero inocultable, el “comandante eterno” fue remplazado por “el presidente obrero”.
La campaña de Maduro aupándose a sí mismo no solo se hizo en Venezuela, sino también en el plano internacional. En el país se otorgó a sí mismo el Gran Collar de la Orden del Libertador y La Espada de la Victoria de la Batalla de Carabobo. En otros países, casi todos Estados delincuentes, recibió medallas y collares: en la Argentina de Cristina Kirchner, en Palestina, en Cuba, en la Bolivia de Evo Morales, en Nicaragua y en Rusia.
Sin embargo, el sumun del ridículo de Maduro como organizador de autoelogios tuvo lugar en diciembre de 2025, días después de que María Corina Machado recibiese el Premio Nobel de la Paz. El mandatario arregló las cosas para que la Sociedad Bolivariana de Venezuela, además de nombrarlo Presidente Honorario, le concediese un reconocimiento con el nombre “Arquitecto de la Paz”. Paradójicamente, en la página web de la mencionada institución se destaca como requisito para ser miembro de esa entidad: “Demostrar una conducta ajustada a la ética, a la moral y a los valores de un ciudadano ejemplar”. ¿Acaso Maduro, enjuiciado por (1) Conspiración para el narcoterrorismo, (2) Conspiración para la importación de cocaína, (3) Posesión de Ametralladoras y dispositivos destructivos y (4) Conspiración para poseer Ametralladoras y dispositivos destructivos; podía ser considerado un ciudadano ejemplar en la fecha en que fue designado presidente honorario de dicha Sociedad Bolivariana de Venezuela?
La operación del madurismo para borrar a Maduro es distinta a la realizada con Chávez: más radical y menos rodeada de disimulos. No solo han descolgado y llevado al basurero los afiches e imágenes del presidente obrero (quizá a eso se refiere la fórmula “el basurero de la historia”), ya no lo mencionan ni lo citan. El funcionariado del PSUV ha entendido que lo mejor es hacer como si no existiera. Nadie, desde el poder, se pregunta por su estado o su destino. En las declaraciones de su hijo, Nicolás Maduro Guerra, quien en enero se mostraba belicoso y dispuesto a todo, ha ido moderando el tono. Recientemente ha dicho que él y su padre pertenecen a generaciones distintas: un eufemismo para esconder la fisura que ha comenzado a crecer.
Sin embargo, la borradura de Maduro por parte del madurismo tiene en Delcy Rodríguez su expresión más elevada: en enero proclamó la lealtad a su jefe, denunció el secuestro y llamó a resistir y luchar por su pronto regreso a Venezuela.
Entre febrero y agosto, de forma simultánea a las firmas de los sucesivos acuerdos con Estados Unidos, Maduro fue desapareciendo progresivamente de los discursos, los recuerdos y los actos públicos del régimen.
En septiembre, esta misma semana, la borradura de Maduro ha alcanzado su cota más alta, hasta ahora: Delcy Rodríguez omitió el nombre de Maduro en su visita a New York, habló del fortalecimiento de las relaciones de su régimen con Estados y, cuando los periodistas le preguntaron por Maduro, siguió de largo sin responder a la pregunta.
¿Es este el mayor desaire que el madurismo le hace a Maduro? Apostaría a que vienen hechos y omisiones todavía notorias y de mayor impacto. Lo veremos.
