Hubo una época en la que bastaba reunir dos grandes voces de la música venezolana para convertir un instante en recuerdo. Así ocurrió en los años 80, cuando Óscar de León y Wladimir Lozano volvieron a compartir escena, evocando una de las interpretaciones que ambos habían dejado para la historia de la salsa venezolana: “Quisqueya”.
La imagen de aquellos años rescata a dos artistas que ya habían construido una historia musical en común desde los tiempos de La Dimensión Latina. Allí, entre 1976 y 1977, sus voces quedaron registradas en una versión de Quisqueya incluida en el álbum Cuerda para rato, con arreglos de César Monge.
El tema, reconocido por su memorable verso “No hay tierra tan hermosa como la mía”, tenía mucho más detrás de su aparente homenaje a República Dominicana. Su autor, el puertorriqueño Rafael Hernández Marín, “El Jibarito”, la había concebido originalmente para su propia tierra, Puerto Rico, bajo el nombre de Linda Borinquen. Posteriormente la adaptó para el cantante dominicano Antonio Mesa y pasó a llamarse Quisqueya.
Aquel encuentro de Óscar y Wladimir en los años 80 permite regresar a una Venezuela en la que la música popular ocupaba un lugar privilegiado y en la que ambos artistas ya eran nombres imprescindibles.
Óscar de León avanzaba con fuerza hacia la internacionalización de su carrera, mientras Wladimir Lozano se consolidaba como una de las voces más queridas de la salsa romántica venezolana. Verlos juntos nuevamente durante aquella década era, en sí mismo, un pequeño homenaje a la historia que habían construido desde La Dimensión Latina.
Hoy, aquella escena permanece como una postal de la Venezuela musical de los 70 y 80: dos voces, una canción inolvidable y el recuerdo de una época en la que “Quisqueya” sonaba como uno de esos clásicos capaces de detener el tiempo.
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