Los peces abisales distinguen colores en el fondo del océano

Diablo negro, pez dragón, gran engullidor, pez víbora… son nombres comunes de peces abisales, una nomenclatura poco apacible para describir a las criaturas más desconocidas de nuestro planeta. Forman parte de la fauna que más aislada vive del hombre, a varios kilómetros de profundidad, en la inmensidad del océano. Su ambiente es el de un medio inhóspito de oscuridad, presión, frío y escasez de alimento. Bajo esas condiciones, aunque no llega la luz, ver y no ser visto supone la diferencia entre comer o ser comido. Por ello, han desarrollado sofisticados mecanismos de bioluminiscencia y los ojos más especializados de todo el reino.

Hasta la fecha, se creía que no podían diferenciar colores como resultado de la adaptación a la falta de luminosidad del lugar en el que viven. Ahora, en un estudio publicado este jueves en la revista Sciencese ha analizado el genoma de 101 peces y se ha desvelado que sus retinas pueden albergar hasta 38 variedades de la proteína fotorreceptora: la rodopsina RH1. Cada una es sensible a una determinada longitud de onda y les permite diferenciar colores a baja intensidad de luz.

El descubrimiento no significa que todos los peces tengan esta treintena de proteínas o que tengan más (o menos) tipos según su distribución en profundidad. Las distintas rodopsinas permiten a cada pez percibir un determinado color, con una longitud de onda muy concreta. “Sólo cuatro especies de peces de aguas profundas tienen más de tres rodopsinas. No hay un gradiente. Muchos peces de aguas profundas tienen una única rodopsina, independientemente de su profundidad”, ha explicado a EL MUNDO Zuzana Musilova, coautora principal del trabajo e investigadora del Instituto de Zoología de la Universidad de Basilea en colaboración con el Departamento de Zoología de la Universidad Charles de Praga (República Checa).

Pez aleta espinosa de plata (‘Diretmus argenteus’)PAVEL RIHA

Musilova y sus colegas han identificado un total de 13 especies de peces con más de un tipo de rodopsina. El pez aleta espinosa de plata (Diretmus argenteus) tiene 38 rodopsinas diferentes, lo que lo convierte en el vertebrado con el mayor número de ellas. El también llamado malcarado plateado, tiene el lomo negro, los laterales plateados y se mueve por la columna de agua a entre 0 y 2.000 metros de profundidad. Aparte de rodopsinas, estos especímenes tienen también opsinas de cono, otra modalidad de proteínas fotorreceptoras adaptadas a condiciones de luz intensa.

Emparentado con este pez, el malcarado de aleta espinosa larga (Diretmoides pauciradiatus), tiene 18 rodopsinas RH1 distintas. Durante el día habita en aguas profundas a 600 metros y suben por la noche para filtrar el plancton. Además, el pez ojo de tubo (Stylephorus chordatus) presenta seis rodopsinas, mientras que el pez linterna glaciar (Benthosema glaciale) posee cinco. Ambos viven entre los 300 y 800 metros de profundidad.

ANIMALES CON LUZ PROPIA

La adaptación de los peces a este entorno es única en toda la biodiversidad del planeta: ojos grandes, cuerpos de colores oscuros, rojizos o transparentes para no ser vistos, bocas agrandables, dientes afilados y órganos o apéndices que emiten luz para atraer a otros. La luz condiciona las relaciones de este ecosistema, pues se pierde en la columna de agua y lo hace gradualmente, cada 5 metros. Los rayos no pueden penetrar esta inmensa masa de agua. Primero se pierde el color rojo, luego el naranja, el amarillo, ultravioleta y por último el verde y el azul. A 35 metros todo adquiere un tono verde azulado. A más profundidad, sólo hay negrura.

Los peces abisales pasan horas suspendidos a la espera de una presa o ascienden en la columna de agua, al anochecer, cuando el mar está en plena actividad. Muchos han desarrollado artilugios ingeniosos para atraer su caza con su propio cuerpo: hileras de puntos bioluminiscentes y protuberancias con forma de caña de pescar que pasan un señuelo brillante por encima de sus cabezas, mientras, unas potentes mandíbulas esperan la ocasión de dar un mordisco.

La bioluminiscencia es la única fuente de luz para estos animales. La producen ellos mismos a través de un complejo de proteínas (luciferina y luciferasa) que, junto al oxígeno, desencadenan una reacción química que desprende fotones. Esta propiedad está contenida en distintas células que distribuyen en zonas concretas de su cuerpo, marcando un patrón lumínico que resulta atrayente o que pueden usar de linterna.

Para ver, los vertebrados tienen cinco tipos de proteínas opsinas: cuatro opsinas de cono (para condiciones de luz intensa) y la rodopsina RH1 para condiciones tenues de luz. La investigación de Musilova y sus colegas pone de manifiesto que en la evolución de los peces, el desarrollo de 38 rodopsinas maximiza su agudeza visual en la oscuridad y les hace sensibles a una amplia gama de longitudes de onda del espectro visible, por lo que pueden percibir colores.

Pez dragón (izq y dcha abajo) y pez linterna (dcha arriba)WEN-SUNG CHUNG, Z. MUSILOVA

El estudio establece una línea de investigación nueva que cambia el paradigma de las relaciones entre depredadores y presas, según sus colores y su capacidad de verlos. “El pez de aleta espinosa, con 38 rodopsinas, es un depredador, pero también es presa al mismo tiempo y podrían usar las rodopsinas para detectar los destellos de sus depredadores”, ha señalado Musilova.

“Existe una evolución conjunta del sistema visual para detectar siluetas de peces en el mar (por los depredadores) y para mejorar el camuflaje mediante la contrailuminación (usando las manchas bioluminiscentes de la presa). Nuestro hallazgo plantea la cuestión de que el camuflaje también puede involucrar el espectro de los colores”, ha añadido.

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